La experiencia de la resurrección

Porque Cristo resucitó, nosotros podemos tener una relación personal con el Señor viviente.

El domingo de resurrección es una oportunidad a tener una relación personal con Dios y recordar el acontecimiento histórico que hizo surgir el Cristianismo.

La resurrección de Cristo confirma a Jesús como Mesías e Hijo de Dios, comprueba la
acacia de su muerte expiatoria por nuestros pecados y sella su victoria sobre la muerte y sobre Satanás.

Filipenses 3:10-11 Reina-Valera 1960 (RVR1960) , 10 a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, 11 si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos.

BOSQUEJO DEL TEMA:

1- El Encuentro con el Resucitado

a) Una búsqueda infructuosa  Juan 20:7-13

Junto con otras mujeres veles, María Magdalena había permanecido al pie de la cruz y vieron la brutal manera en que su Señor murió. Al no poder preparar el cuerpo de Jesús para una sepultura adecuada, debido a la proximidad de la caída del sol y el comienzo del Sabbat, el domingo por la mañana muy temprano, llegaron a la tumba preparadas para ungir el cuerpo, como era costumbre en aquellos tiempos (Juan 20:1).

María se sorprendió cuando vio que la piedra de la entrada había sido removida y la tumba vacía. Se apresuró a dar la noticia a Pedro y a Juan. Estos dos, amigos cercanos de Jesús, corrieron al lugar para indagar.

Encontraron cuidadosamente dobladas la telas de lino con que le habían envuelto el rostro y el cuerpo de Jesús. Sin saber qué pensar de aquel misterio, regresaron a donde estaban los demás. Juan escribe que él creyó que Jesús había resucitado de entre los muertos, aunque su fe, en esos momentos, no se basaba en una comprensión de las Escrituras (vv. 2-9).

María se quedó en la tumba llorando. Decidió mirar dentro de ella, como habían hecho aquellos dos hombres, y vio dos ángeles con vestiduras blancas. Al parecer, los ángeles no se revelaron a Pedro y a Juan, pero tal vez movidos por su llanto, decidieron hablar María. La pregunta muestra un sincero interés: «Mujer, ¿por qué lloras?›› (v. 13). Sin duda, María no estaba pensando en ángeles ni en una resurrección, lo que le preocupaba únicamente era encontrar el cuerpo de Jesús

B. Un encuentro sorprendente Juan 20: 14-18

María se volvió y vio a Jesús de pie a poca distancia de ella. Y aunque lo estaba buscando, no lo reconoció (Juan 20: M). ¿Por qué? Tal vez las lágrimas le nublaban los ojos y no vio bien. O posiblemente, la última vez que había visto a Jesús, era un cadáver lleno de heridas, que había dejado una huella permanente en su mente. Tal vez el aspecto externo de Jesús cambió después de la resurrección. O puede ser que, sencillamente estaba tan consumida por su preocupación de hallar el cuerpo, que prestó poca atención a todo lo demás. (Más adelante veremos que tampoco algunos de los discípulos pudieron reconocer al Cristo resucitado.)

Entonces, Jesús le habló a María, y su pregunta se hizo eco de la hecha por los ángeles: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?›› (v. 15). Pero María todavía no entendía. Su mente encontró una conclusión que le parecía la más probable: Este debe ser el hortelano

Jesús habló de nuevo, y esta vez llamó  María por su nombre. Ella reconoció de inmediato esa voz, llena de tierno amor y de consuelo, que hablaba con familiaridad  conocimiento de su corazón y de su alma. El Buen Pastor conoce a sus ovejas, y ellas reconocen su voz (véase Juan 10:27).

María abrazó a Jesús, a quien había encontrado vivo. Observe la respuesta de Jesús: No me toques, porque aún no he subido a mi Padre» v. 17). Al parecer, ella se había aferrado a El como para no dejarlo ir, pero Él aún tenía cosas que hacer, y después ascendería al cielo (v. 17). También le tenía una encomienda: dar a sus discípulos la noticia de su resurrección y su próxima ascensión al trono. La noticia era demasiado buena para que se la guardara para sí sola. Tenía que comunicarla a los demás (vv. 17,18)..

María Magdalena había permanecido junto a Jesús en toda la angustia de su crucifixión y
su sepultura. Y ahora era uno de los primeros testigos de su resurrección y eso la convirtió
en evangelista de aquella buena nueva.

2. LA RELACIÓN CON EL CRISTO RESUCITADO
A. Compañía en el camino Lucas 24:13-24

Lucas 24:13-16 describe a dos discípulos de Cristo que no eran del grupo de los Doce.  Estos iban por el camino hacia el pueblo de Emaús. Debemos notar que eran dos, y se
identifica a uno de ellos (probablemente porque era conocido, al menos de los lectores de
Lucas). En la ley judía, se necesita al menos dos testigos para verificar un suceso. Por
tanto, esta escena habría podido servir como un gran impulso para las evidencias a favor
de la Resurrección.
Mientras andaban, también comentaban lo que habla sucedido el día anterior. Entonces, se unió a ellos otro viajero. Este era el mismo Jesús, pero «los ojos de ellos estaban
velados, para que no le conociesen›› (Lucas 24:16). Posiblemente, Dios obró para hacer
que no lo conocieran. Tal vez porque no había llegado el momento de que el Cristo
resucitado se revelara.
Jesús, que había alcanzado a oírlos, les preguntó cuál era el tema de conversación. Ellos respondieron sorprendidos de que Él no hubiera oído lo sucedido, y después le refirieron la trágica historia del arresto y la crucifixión de Jesús. También le dijeron que sus propias esperanzas de la redención de Israel, hablan perecido con Él. Y finalmente, le hablaron, de lo que a ellos les parecía una estrafalaria historia, de las mujeres que habían visitado la tumba y habían encontrado allí a dos ángeles que les habían dicho que Jesús estaba vivo. Pedro y Juan hablan con’ido hasta la tumba, y hablan confirmado que estaba vacía, pero nadie parecía saber de qué se trataba todo aquello. Así que allí estaban ellos, desanimados y perplejos, caminando y haciéndose conjeturas (vv. 18-24).

B. Ver y creer Lucas 24:25-35
Tal vez nos sorprenda la anémica fe y el embotamiento espiritual de aquellos discípulos. ¿Acaso Jesús no les había dicho muchas veces que lo matarían, y después resucitaría
de entre los muertos» Y ahora, tenían el testimonio de las mujeres y de los ángeles, así
como la evidencia de una tumba vacia. Con todo, no les era posible creer.
En vez de revelárseles, Jesús los guie en un estudio de la Biblia. Los discípulos necesitaban ver que la muerte y resurrección del Mesías no era una nueva doctrina extraña, sino que se halla prefigurada y profetizada por todas partes en los escritos del Antiguo Testamento (Lucas 24:25-28). Es posible que refiriera pasajes como la declaración de Dios a la serpiente en el Huerto (Génesis 3:15), las promesas a los patriarcas, la liberación de Isaac por sustitución (Génesis 22), el Éxodo de Egipto y el cordero de la Pascua, los Salmos Mesiánicos (en especial el Salmo 22) y las predicciones de los profetas (sobre todo Isaías 53). Cuando llegaron al lugar donde iban, finalmente comenzaban a entender que las Escrituras hebreas se referían sobre todo a Jesús, y que sus sufrimientos, su muerte y resurrección eran parte del plan de Dios desde el principio.

Cuando se reclinaron a la mesa para cenar, Jesús asumió el papel de anfitrión, en vez de
huésped, bendijo el pan, lo partió y se lo dio a ellos (w. 30,31). Algo estimuló la memoria de ellos, puesto que sin duda, Jesús había realizado estas mismas acciones mucho antes. Muy bien podría ser que observaran las huellas de los clavos en sus manos cuando les pasó el pan. Todo lo que les había oscurecido la vista desapareció, y por medio de la revelación
del Espíritu Santo, reconocieron finalmente a Jesús, sin duda con una gratitud mayor que
antes por que habían estado con el Mesías. Tan pronto como lo reconocieron, El los dejó. Se había cumplido el propósito de su visita. A pesar de lo tarde que era, estos discípulos se expusieron a los peligros de la oscuridad para regresar a Jerusalén y decir a los demás Discípulos que habían tenido un encuentro con el Cristo resucitado.

3. RESTAURADOS POR EL CRISTO RESUCITADO
A. Un desayuno en comunión Juan 21:1-14

Nuestra narración cambia a una escena que se produjo algún tiempo más tarde, cuando
varios de los Doce discípulos de Jesús lo vieron nuevamente (Juan 21:1-3). Seis discípu-
los fueron con Pedro a una noche de pesca, pero no pescaron nada. Cuando amanecía,
oyeron una voz que los llamaba desde la orilla, y les decía que echaran la red por el lado
derecho. Allí encontraron una abundancia de peces (vv. fl-6). Posiblemente Pedro, San-
tiago y Juan recordaron su primer encuentro con Jesús, cuando ellos respondieron su lla-
mado de seguirle (véase Lucas 5:1-11).

Juan reconoció la voz de Jesús. El impetuoso Pedro se lanzó al agua y nadó a la orilla, dejando a los demás en la barca, que arrastraba la pesada red. Se sorprendieron cuando hallaron ahí a Jesús, esperándolos para servirles un desayuno de pan y pescado (Juan 21 :7-9).
Es interesante que los discípulos contaran el número exacto de peces que había en las
redes, y Juan registra ese número: ciento cincuenta y tres (vy. 10,11). Esto permite que
el lector reconozca lo maravilloso que fue aquel suceso. La abundante pesca, además de la red mojada, la carga que arrastraba el bote debe haber pesado unos ciento cua-
renta kilos. Sin embargo, como señala Juan, y a diferencia de su primer encuentro con
Jesús (véase Lucas 5:6), esta vez la red no se rompió.
Al parecer, algunos de los discípulos le pidieron a Jesús que confirmara su identidad,
como Él habla hecho en una aparición anterior (Juan 20:20). Sin embargo, recordando
la manera en que había reprendido la incredulidad de Tomás (ver 20:27), se quedaron
callados.

B. Una amorosa conversación Juan 21:15-23

Después del desayuno, Jesús se dirigió a Pedro (Juan 21:15-19). Las tres veces que
negó a Jesús durante la noche de su arresto, aún herían el corazón del apóstol. Jesús llamó a Pedro por su nombre original, Simón, en vez de usar el nombre que Él mismo le había puesto. Simón no había mostrado ser esa roca que simbolizaba el nombre de «Pedro››.
Jesús le preguntó: «¿Me amas más que éstos?›› (v. 15). Esta pregunta se podría inter-
pretar de tres maneras: (1) ¿Me amas más de lo que amas a estas barcas y a las herramientas del oficio? (2) ¿Me amas más de lo que me aman estos otros discípulos? Esto era lo que él habla confesado la noche en que Jesús fue arrestado (véae Mateo 26:33). (3) ¿Me amas más de lo que amas a estos otros discípulos? Esto también marcaba un gran contraste con los alardes que antes habla hecho (véase Mateo 26:33). Algunos eruditos piensan que, una de las dos últimas interpretaciones es la manera correcta de entender esa
pregunta.

Ya se tratara del amor por los demás, o de un amor que superaba lo que otros sentían por Jesús, está claro lo que le quiso decir. Pedro, muy consciente de su debilidad y su fracaso, reconoció que solo Jesús sabia la magnitud y la naturaleza de su amor. A Pedro lo afligió que Jesús repitiera la pregunta por tercera vez, pero aparentemente Él buscaba una confesión de amor que echara abajo sus tres negaciones anteriores. Jesús le dijo a Pedro cómo podía mostrar el amor que había confesado: sirviendo a los suyos (Juan 21:15-17). Las declaraciones verbales de amor son insuficientes. El verdadero amor se manifiesta en acción (véa 1 Juan 3:18).
Al encomendar a Pedro que alimentara y cuidara de los suyos, Jesús también lo restauró a su función de líder. Pero, si por alguna razón Pedro hubiera pensado que aquello significaba un honor y un privilegio extraordinarios, Jesús le advirtió que su vejez le traería dolor y padecimiento (vv.18-19). De hecho, la tradición sostiene que Pedro fue crucificado como mártir, lo cual se alude en las palabras del versículo 19. A pesar de los fracasos del pasado y los retos del futuro, el llamado de Pedro fue siempre el mismo: «Sígueme››. Aunque tal vez no sigamos los pasos de Pedro al martirio, cada uno de los seguidores de Jesús ha sido llamado a su propia carrera. Por eso, no debemos ocupamos de la manera en que otros viven o corren (vv. 20-22). Sencillamente, debemos mirar a Jesús y seguirlo.

fuente: Vida Nueva – Transcrito
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