Una de las grandes tareas que ha recibido la Iglesia es la de la proclamación de la verdad revelada, encomienda que por ningún motivo ha de dejarse a un lado; es la gran labor que debemos asumir para extender el reino de los cielos.

En estos días en los que el hombre se está acostumbrando a escuchar mensajes de violencia y de corrupción, debemos emerger con la conciencia de que somos portadores de un mensaje que cambia radicalmente al hombre y lo llena de esperanza, le imparte vida, paz y lo reconcilia con Dios nuestro salvador. Como resultado de escuchar la Palabra viene la fe, por ello debemos actuar con responsabilidad y temor cuando predicamos el evangelio. Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios (Romanos 10:17).

No podemos negar que existen en los púlpitos prédicas con excesos que rayan en lo absurdo, en lo ridículo y en lo fantasioso, que distorsionan la sana doctrina, de la cual hacía tanto énfasis el apóstol Pablo a Timoteo, su hijo en la fe: Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren (1 Timoteo 4:16). Le escribe además: Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad (2 Timoteo 2:15). Seamos cuidadosos en presentar la verdad divina, el predicador es un mensajero y no un aventurero. Somos llamados para traer el mensaje de Dios y no confusión, no para que condenemos al hombre, sino para presentar al que puede salvarlo de la condenación y darle sentido a su vida con un propósito eterno.

Es lamentable que haya predicadores que a su antojo componen y descomponen los textos bíblicos; que llegan a decir Dios me dijo, sólo para impresionar, o sacar provecho. Lo lamentable es que la gente no lo discierne y cae en lazos de un mensajero que presenta el evangelio de Jesús sin responsabilidad; sus sermones son llamativos, llenos de anécdotas y hazañas y logros personales, tienen como centro al predicador quien ocupa el lugar que Cristo debería tener. Pablo expresó: Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor (2 Corintios 4:5).

Debemos entender que es más importante el mensaje que llevamos que el mensajero, y que nuestra prédica debe ser CristoCéntrica, por muy buena imagen o visión que se tenga, el Maestro ha de ocupar el lugar principal en la predicación.

El ministro ha de cuidar también su lenguaje en la predicación. En ocasiones se usan términos que entienden los que ya tienen años en el evangelio, pero que los visitantes o recién llegados ignoran. Su forma de hablar debe ser clara, respetuosa, digerible y apropiada al auditorio al que se va a dirigir; evitar caer en lo vulgar o lo grotesco. Presentemos de manera clara la verdad de Dios que hace libre al hombre, que lo salva y lo redime de todo pecado.

Deben evitarse también los excesos en el uso de las emociones y el lenguaje corporal. Da pena ver en ocasiones, las escenas que se llegan a realizar en los púlpitos. Es cierto que sentimos el mensaje, lloramos, reímos, levantamos manos, incluso hasta brincamos; pero tengamos cuidado con lo que comunicamos y con los movimientos que hacemos. Seamos originales, no copiemos modelos de otros predicadores famosos, no caigamos en lo ridículo, no denigremos la predicación, cuidémosla, seamos celosos y temerosos al momento de entregar un evangelio que es poder de Dios para salvación (Romanos 1:16). Esta debe ser nuestra meta, la salvación del hombre, que su corazón sea conquistado por el acto de amor en la cruz del calvario.

Durante el ministerio de Juan el Bautista en el desierto, las multitudes salían para ser bautizadas, confesaban sus pecados y les decía: Viene tras mí el que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar encorvado la correa de su calzado. Es decir, los dirigió y centró la atención en Jesús (Marcos 1:4-7).

Jesús predicó y dijo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio. Los tiempos que vivimos debemos de aprovecharlos para predicar y comunicar las verdades que generan cambios en la vida del hombre, pero sobre todo que traen salvación. Que la Iglesia de Cristo cumpla su noble labor; dejemos que el Espíritu Santo nos use para su gloria a fin de ganar al hombre para el Señor.

Cuidemos de no caer en los excesos en el sermón evangelístico, cumplamos con seriedad nuestra labor de presentar las verdades reveladas en la Palabra. Permitamos que sea el Señor quien opere en el corazón del hombre el cambio de vida que sólo él puede realizar, nosotros cumplamos como ministros de Jesucristo, evangelicemos, hablemos, seamos portadores del evangelio de la esperanza a este mundo en confusión y en crisis, y digamos con fuerte voz que hay Palabra de Dios para el mundo.

fuente: Aviva 2014 edicion 11

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