Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis
como debéis responder a cada uno (Colosenses 4:6).

E n treinta años de predicar la palabra de Dios estoy convencido que el sermón es en parte la expresión de nuestro temperamento y carácter, pues al escribir nuestros sermones le comunicamos a la iglesia lo que el Señor dice en su Palabra. Por supuesto al hacerlo, tenemos que recibir lo que entendemos como la revelación de las verdades divinas que quiere que su pueblo sepa, y en esos momentos de preparación intervenimos nosotros sintiendo y creyendo lo que la iglesia necesita hacer para que agrade a Dios y seguir sus mandamientos. Nuestro temperamento y carácter tiene mucho que ver en lo que predicamos, pues sería mentira decir, yo predico lo que él me da y dejar a un lado la responsabilidad de cómo sentimos, hablamos y exponemos el sermón. Nuestra forma más eficaz de comunicarnos es por medio del lenguaje, este habla de nuestra capacidad y madurez para edificar o afectar negativamente a las personas en sus ideales de vida cristiana y su ideal de ir al cielo.

El lenguaje habla del temperamento y carácter

Podemos ver a los predicadores de la Biblia y de la iglesia, que comunicaron la Palabra de Dios en su singular temperamento y carácter al declarar los propósitos de la voluntad de Dios en su mensaje. Unos se manifestaron con fuerza y misericordia, otros lo hicieron comunicando el dolor y llanto por el pueblo perdido, y otros predicaron con juicio y esperanza. Ninguno de ellos dejó de sentir y apasionarse por ayudar a las almas para que entendieran la voluntad de Dios. También es cierto que ninguno usó lenguaje ofensivo y mutilador que no permitiera a la razón y sentimientos de los perdidos sentirse con la necesidad de recibir el perdón y salvación.

Entendemos entonces que nuestro temperamento y carácter podría provocar en nosotros no entender la voluntad de Dios para su pueblo, pues nuestro temperamento y carácter mal usados nos hacen decir nuestras razones y no los caminos de Dios. También la falta de preparación en el conocimiento de la vida pastoral, ministerial y espiritual nos puede llevar a un abuso de nuestro mensaje, sin lograr el propósito de la predicación, el cual es que todos conozcan a Dios sin ofensa alguna.

Los efectos de un lenguaje agresivo

La conducta verbal agresiva se distingue por la forma imperativa e inapropiada con que el predicador defiende sus derechos y trata de imponer a la fuerza sus puntos de vista, sentimientos e ideas de manera directa o indirecta. La agresión verbal directa se expresa mediante una gama de vulneraciones de los derechos de los oyentes, que va desde la fina ironía hasta la injuria grave; desde las insinuaciones maliciosas hasta la calumnia y la humillación.

La agresividad se abre como un gran abanico de formas que abarca desde los insultos hasta la agresión a la dignidad. Al abrir el abanico encontramos al menos las siguientes formas comunes de agresión verbal: insinuación maliciosa, ironía, burla, sarcasmo, agravio, denuesto, mofa, ridiculización, afrenta, menosprecio, humillación, escarnio, insulto, ofensa, injuria, calumnia, difamación, ultraje, etc. Cuando estas formas nocivas y, sin embargo cotidianas, se instalan en el ámbito de la predicación podemos convertir a nuestro auditorio en un campo de batalla, o al menos, en un ambiente hostil para escuchar la voluntad de Dios. Esto que has oído y visto de mí, enséñalo a hombres dignos y obedientes. El apóstol Pablo le recomienda a Timoteo que enseñe a los hombres a comunicar el mensaje de salvación con paciencia, misericordia y amor, de esta manera oirán y se convertirán. Recurrimos tal vez a un mensaje agresivo porque olvidamos que sólo fuimos llamados para predicar la salvación y no para querer conquistar los corazones y voluntad del ser humano, Dios es el único que puede convencer los corazones. Por falta de una predicación ungida y espiritual nos vemos tentados a usar un lenguaje condenatorio, temerario y violento que provoca en los oyentes incomodidad, disgusto y bloquea su atención. Es necesario que prediquemos con un lenguaje contextualizado, práctico, amable y con buena dosis de amor como lo han hecho los que nos precedieron. Que no escuchemos: ¡ya va a comenzar a regañar y a lanzar sus pedradas! ¿Para eso? mejor no hubiera venido.

Un lenguaje sin contexto es violencia

Hoy contamos con tantas herramientas y recursos para ser predicadores elocuentes y eficaces al comunicar nuestros sermones, nadie es culpable que como oradores tengamos un lenguaje con veinte palabras y diez sinónimos o que seamos muy pasivos en usar el lenguaje figurado, que con su riqueza nos permite comunicar los principios y verdades bíblicas con tanta belleza que la gente quede enamorada al decirle que Dios le ama y Jesús es su Salvador. Nadie puede ayudar al predicador a lograr tal eficacia si él no tiene la disciplina de superarse y equiparse con la estructura de un mensajero y su mensaje. La preparación para tener un lenguaje contextualizado es por conocer la Biblia, la tecnología y su doctrina, sin olvidar las reglas de la buena oratoria. La predicación requiere de una preparación anticipada conociendo a quién y por qué vamos a predicarles, si el bosquejo no esta meditado se convierte en violencia y la Palabra de Dios no se hará carne en los corazones, la gente quiere oír respuestas a sus necesidades, de familia, económicos, espirituales y de eternidad. Dios no cumplirá su propósito en nuestra predicación descontextualizada.

La trascendencia de la palabra bíblica

La Biblia tiene pasajes y casos que se refieren a lo que Dios dijo e hizo cumpliendo sus promesas. La palabra hablada por el Todopoderoso y creída por los profetas, reyes y líderes, hizo que su vida fuera exitosa y de bendición para el pueblo de Dios. Hicieron pactos y por la Palabra trascendieron y conquistaron reinos y cumplieron los planes del Altísimo. No tendríamos necesidad de recurrir a nuestras capacidades humanas y finitas si tomamos en cuenta que la Biblia, en su lenguaje escrito, tiene el poder para convencer a los pecadores, ¡Cuánto más a los hijos de Dios! Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia (2 Timoteo 3:16).

La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; el testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo (Salmos 19:7).

Creyendo en el poder de la Palabra escrita no tenemos ningún riesgo de caer en el uso de un lenguaje agresivo al predicar y enseñar el camino de salvación. Nuestra trascendencia será una realidad cuando vivamos lo que somos.

Conclusión

  • a) Detrás del principio y el acto de predicar yace la doctrina de Dios, una convicción de su Ser, su acción y propósito. La clase de Dios en quien creemos determina la clase de sermón que predicamos.
  • b) La doctrina de las Escrituras nos conduce natural e inevitablemente a Dios el cual sigue hablando a todos los hombres.
  • c) La Iglesia es creación de Dios, creada mediante su Palabra, por la cual Cristo la sustenta, gobierna y da vida.
  • d) El pastor tiene la tarea de alimentar y enseñar a la iglesia en distintos contextos.
  • e) El predicador cristiano tiene límites establecidos. No es un hombre enteramente libre al entrar al púlpito. Dios le ha puesto límites
fuente: aviva 2014 edicion 10
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