VERSÍCULO CLAVE: Marcos 16:6 <<Mas él les dijo: No os asustéis; buscáis a Jesús nazareno, el que fue crucificado; ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar en donde le pusieron».

¡Jesús resucitó! Esta sencilla declaración es la base de la misión de la Iglesia. Después de su resurrección, Jesús se reveló a quienes había escogido para la tarea de alcanzar al mundo. Hoy cumplimos la tarea de anunciar que hay perdón y que pueden ser hijos de Dios al creer en el Cristo resucitado.

A los cristianos se les ha dado el Espíritu Santo para empoderarlos y dirigirlos en esta misión. La lección hoy presenta la experiencia de los primeros discípulos al encontrarse con el Cristo resucitado, y cómo El los envió a comenzar la obra de evangelismo que continuamos hoy.

El apóstol Juan registró su propia y detallada experiencia de haber visto la tumba vacía y al Cristo resucitado. Como <<aquel al que amaba Jesús» (Juan 20:2), Juan escribió en terminología vívida su experiencia de ser testigo de Cristo tanto en su ministerio terrenal como en su gloria celestial (véase 1 Juan 1:1‐4; Apocalipsis 1:9, 20). Su propósito no era jactarse, sino invitar a otros a creer en Cristo, el único que puede dar vida eterna.

I. UNA TUMBA VACÍA

A. Buscando al Señor Juan 20:1,2 
Jesús fue crucificado; murió y fue puesto en la tumba. Ahora sus seguidores temían a aquellos que, a través de los romanos, habían provocado su muerte. María Magdalena fue rumbo a la tumba en la oscuridad, con la intención de ungir su cuerpo muerto con especias (v. 1; véase también Marcos 16:1).

Aunque otras mujeres acompañaron a María, Juan enfocó su atención en ella. Era una de varias mujeres cuya vida había sido impactada sobrenaturalmente por Jesús (véase Lucas 8:1‐3). María misma había sido liberada de las garras de siete demonios; y, como resultado, se unió a otras mujeres que seguían y apoyaban financieramente a Jesús y sus discípulos. Su compromiso con Jesús era continuo. Su presencia se registra en los relatos de la crucifixión y la resurrección en los cuatro Evangelios.

Al llegar a la tumba, María y sus compañeras descubrieron que la piedra había sido removida de la entrada (Juan 2021). Más tarde, queda claro que Jesús ya no estaba limitado por barreras físicas (véase el versículo 19). Ninguna puerta ni piedra podía interponerse en su camino. Sin embargo, una de las prioridades de Dios

era proporcionar una amplia prueba de que Jesús había resucitado de los muertos (véase Hechos 1:3). Permitirle a los seguidores de Jesús acceso a su tumba vacía era una de las muchas maneras en que Dios les mostraba la realidad de la resurrección. Necesitaban ver la tumba vacía para ayudarlos a creer que El estaba vivo.

María pronto sabría que Jesús en efecto estaba vivo. Sin embargo, en ese momento ella supuso que alguien había sacado el cuerpo de la tumba, y en su angustia notificó a Pedro y a Juan (Juan 20:2).

B. Ver y creer Juan 20:3-9
En respuesta a María Magdalena, Pedro y Juan corrieron hacia el sepulcro (Juan 20:3). Juan llegó primero y vio las tiras de lino, pero no entró en la tumba (vv. 4, 5). Pedro, conocido por su naturaleza impulsiva, llegó tras Juan y no dudó en entrar. Además de las tiras de lino, el sudario que había envuelto su cabeza también estaba allí, doblado (6, 7). Esta no era la escena caótica que habría resultado del robo a una tumba, como los líderes judíos insinuaron (véase Mateo 28:11‐15). Al

entrar, Juan vio la evidencia de la resurrección de Cristo, y creyó (Juan 2028).

Pedro y Juan, en ese momento, no entendieron a partir de las Escrituras que Jesús debía levantarse de entre los muertos (v. 9). Sólo más tarde, con la ayuda del mismo Jesús, sus seguidores comprendieron las Escrituras que hablan de su muerte y resurrección (véase Lucas 24:45‐47). Hasta ese momento, la fe de sus seguidores se basaría en la evidencia que tenían ante ellos, por ejemplo, una piedra removida y una tumba vacía.

Las evidencias de la resurrección de Jesús son muchas e inequívocas. Aunque ha pasado casi dos mil años, este milagro todavía ocupa y siempre tendrá el lugar central en nuestra fe. Los cristianos hacen bien en estudiar no solo las profecías del Antiguo Testamento sobre la resurrección de Jesús, sino también los testimonios en los Evangelios de aquellos que tuvieron ese encuentro personal con El. Asimismo, deben meditar en la importancia de este acontecimiento enseñado en las Escrituras, incluyendo 1 Corintios 15.

2. EL SENOR RESUCITADO

A El dolor de María Juan 20:10‐14
Después de que Pedro y Juan regresaron a casa, María se quedó afuera del sepulcro, llorando (Juan 20:10, 11). La misma terminología griega se usa aquí para describir sus acciones es la que se usa en Juan 11:33 cuando María está en duelo por la muerte de su hermano Lázaro. Esta indica una fuerte expresión de dolor o lamento. Ni siquiera la presencia de los ángeles fue suficiente para sacar a María de la desesperación (20:12).

Cuando los ángeles le preguntaron por qué lloraba, María dijo: <<Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto» (v.13). Tenía la impresión equivocada de que estos eventos estaban siendo concertados por algún poder humano. Por el contrario, Jesús mismo, en el juicio de días anteriores por Poncio Pilato, le había dicho a Pilato: <<Ninguna autoridad tendrías contra mi, si no te fuese dada de arriba» (Juan 19:11). Estos eventos estaban bajo el poder y la dirección del Padre, no bajo el poder de ninguna autoridad humana.
Mientras lloraba, María se dio la vuelta y vio a Jesús, pero no lo reconoció (20: 14) María no fue la única que no reconoció de inmediato a Cristo resucitado. Incluso después de verlo en persona (Juan 20: 19‐29), los discípulos más cercanos de Jesús no lo reconocieron un poco más tarde en la costa de Galilea (21:4). Otros dos discípulos caminaron y hablaron con El seguramente horas antes de que Jesús les revelara su identidad (Lucas 24:13‐35). María pudo haber estado sencillamente enceguecida por su dolor; o tal vez necesitaba una revelación de Cristo, como la recibieron los dos discípulos en el camino a Emaús (Lucas 24:31).

B. Jesús se revela Juan 20:15-16
Al aparecer, Jesús le hizo a María la misma pregunta que le hicieron los ángeles: <<Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?» (v.15). María pensó que Jesús era un jardinero que posiblemente se había llevado el cuerpo de su Señor. En su ministerio, Jesús hizo más por María que nadie jamás había hecho al liberarla del control demoníaco y al darle una nueva vida con propósito. María quería honrarlo después de su muerte, y buscaba su cuerpo para ungirlo con especias. Jesús interrumpió su momento de dolor y su preocupación por su cuerpo al llamarla por su nombre: <<¡María!» (v. 16). De repente, ella lo reconoció y gritó en el idioma arameo: <<¡Raboni!» Esta era una variación de la palabra <<rabino» (maestro), pero se usaba a menudo en la oración a Dios. María necesitaba una prueba de que Jesús había resucitado de los muertos, ¡y esa prueba estaba ante sus ojos!

María estaba desesperada. No solo había sido testigo de la crucifixión de su Señor, ¡sino que ahora su cuerpo había desaparecido del sepulcro! Si de hecho El estaba muerto y su cuerpo había sido robado, María tenía todas las razones para continuar con el dolor. Pero en un instante, su dolor fue transformado en alegría al ver al Cristo resucitado.

Como creyentes en Cristo, debemos enfocarnos en el hecho glorioso de su resurrección. Cuando compartimos nuestra fe con quienes no conocen a Jesús, no contamos la historia de un héroe o filósofo que ha estado muerto por siglos, sino del Hijo de Dios que está vivo. El está listo para entrar y transformar a todos los que le entreguen su vida.

3. LA GRAN COMISIÓN

A. Se anuncia la resurrección : Juan 20:17, 18
María había visto al Señor resucitado, y Jesús la envió a anunciarlo a los demás. Ella no debía aferrarse a El en este momento (Juan 20:17). Habría más oportunidades de interactuar con El en los próximos cuarenta días (véase Hechos 1:3).

Jesús dio a María la responsabilidad de anunciar a sus discípulos: <<Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.» (Juan 20:17). La terminología que usó refleja la relación con Dios que Cristo ha hecho posible para nosotros. Juan 1:12 declara que Cristo da a todos los que creen el derecho de ser hijos de Dios. Este segundo nacimiento sobrenatural es posible solo por el poder de Dios (Juan 1:13; véase también 3:5‐8). María anunciaría a los discípulos la gran noticia de su resurrección (Juan 20:18), que es la base de nuestro nuevo nacimiento en Cristo.

El regreso de Jesús al Padre iniciaría una nueva fase en la relación de los discípulos con Cristo. Ya no estaría físicamente presente con ellos, sino que enviaría al Espíritu Santo en su lugar (véase Juan 14:18;16:7). El Espíritu testificaría de Cristo, le recordaría a sus seguidores tanto entonces como hoy sus enseñanzas y daría convicción de pecado al incrédulo (véase Juan 14:26; 15:26; 16:23).

B. Enviados al mundo Juan 20:19‐23
Los discípulos oyeron hablar del encuentro de María Magdalena con Jesús en la madrugada, y por la tarde lo vieron por sí mismos. Al aparecer entre ellos, Jesús dijo: <<Paz a vosotros» (Juan 20: 19). Este mensaje de paz era especialmente necesario: No solo estaban encerrados por temor a los enemigos de Jesús, sino que quizá se sentían avergonzados de abandonarlo en su crucifixión. Aunque El había profetizado su deserción, y todos insistieron en que no lo dejarían, no los reprendió (véase Marcos 14:27‐31). Sin embargo, él les mostró sus manos y su costado, prueba de que El era realmente su Salva‐ dor triunfante (Juan 20:20).

Los seguidores de Jesús no permanecerían quietos al celebrar su resurrección. Jesús reiteró su regalo de paz y luego dijo: <<Como me envió el Padre, así también yo os envío.» (v. 21). Y El no permitiría que continuaran su misión sin empoderarlos. El les dio la presencia y el poder del Espíritu Santo para capacitarlos en su misión (v. 22). Algunos comentaristas creen que sus acciones aquí anticipan el pleno derramamiento del Espíritu Santo en el día de Pentecostés (véase Hechos 2:1‐4). Una parte central de la misión de los discípulos sería anunciar el perdón de los pecados (Juan 20:23). Jesús dijo: <<A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos.» Jesús ayudó a sus discípulos a comprender que podían proporcionarle la seguridad del perdón a los nuevos creyentes que pronto serían sumados a los seguidores. Los creyentes pueden y deben declarar a las personas en todas partes que cuando aceptan el sacrificio de Jesús por ellos, sus pecados son perdonados. Pero si se niegan a aceptar las buenas nuevas, sus pecados no son perdonados.

Jesús nos ha dado todo lo que necesitamos para una vida saludable en El: el perdón de los pecados, una nueva relación con el Padre y el poder del Espíritu Santo. También nos da la responsabilidad de decir a las personas en todas partes que ellos también pueden convertirse en hijos de Dios al creer en El. Surgirán dificultades conforme cumplimos esta misión, pero en medio de cada prueba podemos recordar la promesa de Cristo a sus discípulos: <<Paz a vosotros.» Jesús tiene el poder de calmar toda tormenta que enfrentemos al llevar sus buenas nuevas al mundo.

¿Piensa y se alegra en la resurrección de Jesucristo todos los días? María Magda‐ lena pensó que su Señor estaba muerto, y que habían sacado su cuerpo del sepulcro o tal vez lo habían robado. Por eso, lloró amargamente. Pero todo cambió cuando el Cristo resucitado se le reveló. Examine el nivel de gozo en su propia vida. Si usted es un seguidor de Cristo, puede compartir el mismo gozo de los seguidores de Jesús cuando lo vieron cara a cara (véase Juan 20:19, 20). También puede ayudar a quienes lo rodean a descubrir una relación con Aquel que conquistó la tumba y ahora les ofrece vida eterna en El.

fuente: Guia dominical tomo 12 leccion 7
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